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  • Foto del escritorAndrés Molina Ochoa

Misterio en Venecia

Actualizado: 25 sept 2023


"Misterio en Venecia" es una película que me ha decepcionado, incluso me atrevería a decir que me ha enojado, como pocas veces una película lo ha hecho en los últimos meses. Y no, no se debe a su estructura predecible: la presentación de personajes al principio, el falso final a quince minutos de la verdadera conclusión de la película. Tampoco se debe al hecho de que contiene muchos de los elementos presentes en casi todas las novelas de Christie: una pareja que forma una alianza al inicio del libro, pero cuya amistad o relación amorosa solo conocemos al final, una pista que pasa desapercibida pero que es suficiente para que Poirot resuelva el crimen. Ni siquiera se debe a que Tina Fey parece estar a punto de contar un chiste durante toda la película, o porque el guión parece estar escrito por un principiante o por una inteligencia artificial a la que le pidieron seguir una estructura que saben que atraerá al público. No, la razón de mi enojo es que "Misterio en Venecia" podría haber sido, a pesar de todo, una película realmente hermosa.


Un director con un poco más de talento habría convertido a Venecia en un personaje fundamental de la obra, en lugar de simplemente un escenario más de la película. Imaginen una película ambientada en la Venecia renacentista, que narra una historia de principios del siglo XX, una época en la que los médiums eran populares y los fantasmas se manifestaban en los nuevos inventos de la época, como la fotografía o el cine. Sin duda, habría sido una obra en la que cada cuadro, cada rincón, se hubiera convertido en un descubrimiento, en una anticipación errónea, en un momento de suspenso.


Contrario a lo que muchos creen, el Renacimiento no se limita a la perfección matemática de las obras de Michelangelo; también abarca el infierno de Bosch, la locura de Arcimboldo, los misterios de Da Vinci y una multitud de semillas de oscuridad que florecerían más tarde en la explosión dramática del Barroco. "Misterio en Venecia" podría haber sido una obra en la que los fantasmas y médiums del siglo XX habitasen las sombras más profundas y olvidadas del Renacimiento, en lugar de ser simplemente una película que tiene lugar en Venecia.


Si bien la ambientación de la película parece haber sido creada por alguien inexperto, el guión da la impresión de haber sido escrito por alguien que tal vez haya leído sólo una novela de Agatha Christie. Después de haber visto docenas de películas y series de televisión basadas en sus obras, uno ya sabe lo que va a suceder en la película y quién será el asesino. Cuando uno busca al culpable no en función de quién podría haber cometido el crimen, sino en quien parece tener más oportunidades para crear una sorpresa, el desenlace se vuelve predecible. Aun así, seguimos apreciando a la escritora, ya que en su obra relucen destellos de una profundidad psicológica única. En sus páginas, encontramos una detallada descripción de las personalidades y los conflictos de una clase social y una época, así como observaciones brillantes sobre la vida cotidiana. Por ejemplo, en "El Misterioso Caso de Styles", la primera novela con Poirot, ella nos regala esta frase: "La imaginación es un buen siervo y un mal amo. La explicación más sencilla siempre es la más probable." Los detalles de profundidad psicológica y aguda observación de lo humano brillan por su ausencia en la película, en su lugar sólo encontramos trucos de suspenso simplistas y referencias ramplonas sobre lo sobrenatural.


Lo más triste, no obstante, es que la película podría haber sido hermosa si el guionista se hubiera atrevido a explorar un poco más la vida de Agatha Christie. "Las manzanas", la novela en la que se basa la película, es una obra que revela el mundo interior de la autora de una manera única. Escrita en 1969, cuando Agatha Christie tenía 79 años y a solo siete años de su muerte, la novela nos presenta a un Poirot retraído y algo derrotado, un detective que conserva su genialidad a pesar de que las palabras se le escapan y su memoria se debilita cada vez más. Es un genio que sólo vuelve a ser detective, porque cede a la presión de una escritora de ficción, Ariadne Oliver (Tina Fey).


Lo que Kenneth Branagh, el director de la película, entendió como otra de las novelas policíacas de Agatha Christie es, en realidad, una dolorosa declaración de una escritora que ya estaba experimentando lo que hoy muchos creen que era Alzheimer, una enfermedad que la llevaría por el mismo camino de reclusión que Poirot decide dejar en la novela. En "Las manzanas", Agatha Christie no nos presenta simplemente a Poirot, sino que nos pide que creamos que su genialidad y su habilidad con las palabras volverán, que esos lapsos en la memoria se deben a pasajeras intoxicaciones que desaparecerán. De hecho, la llamada de Ariadne Oliver a Poirot es el grito de Agatha Christie para que regresen las palabras que cada vez le son más esquivas. Robert Barnard, el famoso escritor de novelas de detectives, alguna vez dijo que "Las manzanas" parecía estar escrita con un dictáfono. Tenía razón; la novela es el resultado de una persona que solía manejar a su antojo el idioma inglés para crear intrincadas obras literarias y que se resiste a dejar de escribir, a pesar de haber perdido la habilidad que antes tenía.


Una película que explorara la relación entre Poirot y su deterioro de memoria, que ahondara en la vida de Agatha Christie y su alter ego, que abordara de manera conmovedora la gradual pérdida de lo que somos en el proceso de envejecer, habría sido verdaderamente hermosa. Lamentablemente, el director opta por ofrecernos clichés y conjeturas simplistas sobre lo que sucede más allá de la vida. Al igual que en "Hamlet" (1996), Branagh nos brinda una película que desaprovecha los momentos más destacados de una obra literaria. Como director, Branagh parece ser sólo un gran actor.


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