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  • Foto del escritorAndrés Molina Ochoa

Divido sobre la película Bottoms


Hay una parte de mí que cree que Bottoms, el segundo filme de Emma Seligman (2023), es otra película de adolescentes, uno de esas obras que exageran la violencia de los jóvenes, la incapacidad de los profesores, la incomprensión de los padres, una de esas películas en las que actores de casi treinta años representan a jóvenes de quince. Otra parte de mí, cree que Bottoms es una película profunda, llena de matices y sutilezas que representa una denuncia pertinente y una adecuada defensa del feminismo contemporáneo muy superior a los filmes que recientemente han intentado reflexionar sobre los mismos temas.


A diferencia de Barbie, en Bottoms hay interseccionalidad. Las dos protagonistas de la película, PJ (Rachel Sennot) y Josie (Ayo Edebiri) sufren un tipo de discriminación diferente dada su orientación sexual y su apariencia física. Con el Club de la Pelea que fundan, buscan subir en la escalera social para poder acercarse a Isabel (Havana Rose Liu) y Brittany (Kaia Jordan Gerber), dos jóvenes hermosas de las que están enamoradas. Mientras PJ y Josie sufren por no ser tenidas en cuenta, por ser invisibilizadas en una sociedad que desea ocultar la diferencia, Isabel y Brittany son discriminadas al ser tratadas como objetos sexuales, como seres sin la capacidad intelectual necesaria para tener opiniones propias. Seligman y Creenshaw tiene razón: usted y yo podemos ser discriminados, pero no necesariamente de la misma forma.


Bottoms también tiene éxito en su brutal descripción de los estragos de una sociedad patriarcal. El machismo para el filme no es un problema que se soluciona con buenas intenciones y cambios de actitud, como parece sugerir Barbie. Es un sistema que se finca en la violencia, en el poder físico, en la capacidad de dominación. Sylvie (Summer Joy Campbell), por ejemplo, una de las asistentes al Club de la Pelea creado por Isabel y Brittany, tiene una actitud casi psicótica causada por los abusos cometidos por su padrastro, en tanto que otra de las asistentes, Stella Rebecca (Virginia Tucker), vive atemorizada por un acosador que la persigue todos los días.


Para contrarrestar la violencia de la que son víctimas, las mujeres, según la película, también deben ser violentas. Un raciocinio, si se quiere, en consonancia con lo que algunas autoras han denominado la quinta ola del feminismo, la búsqueda no sólo de la igualdad en la distribución del poder y la rendición de cuentas de quienes cometen crímenes. Movimientos como el “me too” o las argentinas que pintan en frente de las casas de los abusadores serían parte de esa nueva forma de entender el feminismo. Si el poder en la escuela está mediado por la capacidad física de intimidación, nos dice Seligman, entonces las mujeres deben prepararse para tomar control de ese poder. Un poder que no es sólo político o distributivo, como bien explica Nancy Fraser, sino también simbólico. PJ y Josie no sólo están peleando por su derecho a no ser violentadas, sino por ser reconocidas, por ser visualizadas, porque su forma de vida no sea considerada inferior a las hegemónicas en la escuela.


Las escenas finales en las que mujeres entran en una batalla campal para salvarle la vida a un jugador de fútbol en un partido decisivo y así recuperar el prestigio que antes habían perdido, cobran sentido si se entienden las luchas feministas como una lucha por una distribución más equitativa del poder. Una lucha en las que las mujeres son capaces de exhibir atributos generalmente asociados a los masculinos pero que, como bien advierte Genevieve Lloyd en The Man of Reason, no demeritan el valor de las características asociadas a lo femenino. El Club de la Pelea fundado por PJ y Josie no es sólo un batallón de defensa, es un lugar donde los sentimientos pueden expresarse, donde la empatía importa, donde incluso Mr G (Marshawn Lynch), un profesor a quien tienen que acudir para que les acepten el club y que exhibe casi nulas capacidades mentales, lo entiende como importante porque es un lugar donde puede expresar su frustración por su situación familiar y profesional.


Decía, sin embargo, al inicio de este artículo que una parte de mí ve en Bottoms otra más de un tipo de películas que sobresale por un humor plano, en el que abundan los clichés y escasean nuevas ideas. Porque el final de ésta también puede ser interpretado como una más de tantas películas de adolescentes en las que hay una lucha, una competición, un evento final en el que los buenos ganan y los malos pierden. En este caso, las mujeres incapaces de crear un proyecto propio tienen que luchar a muerte por la aceptación de una sociedad que se ha construido sobre su discriminación, quizás para convertirse, al final, en otro grupo que utiliza las mismas armas de siempre para tener los mismos privilegios.


Confieso que por más que pienso en la película, incluso después de escribir esta columna, mis dos interpretaciones siguen en conflicto. Quizás, sin embargo, sea ese el mayor éxito de la película, que sugiere y no proclama, que está en los intersticios de lo insípido comercial y lo revolucionario. En los intersticios donde, en muchas ocasiones, habitan las grandes películas.


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